Matthew L. Jones, historiador estadounidense
La capacidad de hackear teléfonos y computadoras está disponible para quien pueda financiarla. Gobiernos y otros actores de todo el mundo pagan bien por esa capacidad de espiar, a blancos tanto nacionales como extranjeros. Desde la década de 1990, se ha invertido un enorme esfuerzo en proteger los dispositivos electrónicos y las comunicaciones: pero no demasiado, no hasta el punto de que la capacidad de vigilar quede demasiado limitada.
Lejos de la mirada pública y del control democrático, distintas organizaciones han aceptado que la seguridad nacional exige menos privacidad, menos seguridad; que es crucial mantener el grado justo de vulnerabilidad en nuestros dispositivos. Casi sin excepción, otros —Estados, delincuentes, corporaciones— terminan explotando esas mismas vulnerabilidades. Esta charla traza esa historia, cada vez más relevante en un momento en que la inteligencia artificial amenaza la ciberseguridad a una velocidad creciente.